Valparaíso 1927

Valparaíso. 1927

Una fría mañana de otoño desembarcamos en el puerto de Valparaíso yo y mis colegas marinos. Habíamos estado meses en altamar, haciendo ejercicios tácticos de guerra. Un entrenamiento duro, que a punta de chuchadas y malas palabras, aprendíamos como era la vida de guerra. Cansados de hacer simulaciones de fusilamiento, de que nos despertaran a las cinco de la mañana para lanzarnos al helado pacifico, decidimos en conjunto que cuando llegáramos a tierra firme nos iríamos de fiesta. Y así fue. Cuando llegamos en la mañana al puerto, la helada brisa marina soplaba con fuerza y el mar que tranquilo te baña prometía una noche de excesos.

Entrada la noche llegamos a avenida Brasil y nos internamos en un prostíbulo. Ahí pedimos cervezas, whisky, ron y todos los licores que se les puedan ocurrir. Ante nuestros ojos un espectáculo de mujeres desnudas y travestis, de homosexuales, de hombres desnudos. Yo nunca fui de los que en cada puerto se bajaban directo al prostíbulo de turno. Me gustaba pasear por las calles portuarias, encontrar algún local de mariscos y comer lo que el mar nos da, o lo que le quitamos a él. Pero aquel día que desembarcamos en Valparaíso, luego de haber vivido un entrenamiento realmente atroz fue que decidimos de manera unánime ir al prostíbulo. Si bien es sabido que los marinos somos personas que no dudan en repartir el dinero como fuera limosna, ese día en especial no quería malgastar el dinero en mujeres o en hombres o en sexo.

Fue cuando me levanté después de haber bebido un par de cervezas cuando lo conocí. En el baño me puse a mear infinitamente cuando llegó un travesti hermoso, sacó una gran manguera y se puso a mear. Deja harto que desear tu amiguito me dijo, yo me sonrojé porque desde el tiempo del liceo que me molestaban por lo mismo. Al menos se porta bien le dije, eso está por verse me respondió. Se sacudió y se fue nuevamente a convencer a algún marino de que era una buena inversión acostarse con él esa noche. En cambio, yo seguí meando infinitamente desde mi plácido y pequeño pituto.

Cuando salí del baño lo vi sentado en la misma silla en donde yo me había sentado. Fue así como lo conocí, lo invité a una cerveza y hablamos con mucha soltura durante toda la noche. Trago tas trago comenzábamos a revelarnos los secretos más íntimos el uno del otro. Él me contaba que desde pequeño le encanto ponerse la ropa de sus tías y de su madre, que nunca conoció a su padre, que según lo que le dijo la mamá era un minero del norte que había llegado a Valparaíso buscando suerte en los puertos y se fue en un barco con la promesa de volver y darle todo a su hijo, algo que jamás sucedió. Yo le conté que jamás conocí a mi padre, que tenía los apellidos de mi mamá y que por eso, por ser huacho, fui muy discriminado.

Entre los tragos que no paraban de aparecer y desaparecer para luego volver a aparecer, mis sentidos comenzaban a fallar y veía a una persona hermosa frente a mis ojos. Esa noche la pasé haciendo el amor con ese travesti. No me cobró en dinero, dijo que la tarifa era la posibilidad de que me hiciera unas preguntas. A lo cual yo accedí.

Cuando comenzaron los primeros rayos del sol me marché hacia la Zona Naval. Caminé por la costanera con el corazón en la mano, con un nudo en el estómago, con ganas de gritar y correr, de meterme al mar y nadar desnudo, pero ya iba un poco tarde a mi destino y solo tuve que aguantarme esas ganas de celebrar, por algo que era muy claro y esquivo, el amor.

Cuando llegué a la Base Naval, me puse mi uniforme con mucha rapidez, estaban todos formados, en el patio, no demoré en ponerme en mi puesto, arreglándome mi uniforme, que aún no terminaba de abrochar. En eso fue que llegó el capitán, que gritó firme, y todos al mismo tiempo nos cuadramos.

Mis manos comenzaban a transpirar, el cuello de la camisa me comenzaba a apretar, la frente me comenzaba a gotear, la noticia que estaba escuchando me parecía una mentira, salida de los lugares más oscuros de la historia, una noticia sinrazón, que me dejaba llorando en silencio. Había órdenes de descansar durante la tarde, pero a eso de las dos de la mañana saldríamos desde el buque, en botes hacia la costa, botes repletos de cadenas y sogas.

Los rumores de la verdadera causa de por qué teníamos que ir a las dos de la mañana a los prostíbulos a atrapar a todos los travestis eran diversas, algunos habían dicho que al Capitán le habían mordido el pene mientras uno estos le realizaba una felación, otros en cambio no se atrevían a creer que su capitán fuera homosexual  por lo que pregonaban que a su capitán no le gustan los maricones y que estaba en lo correcto en querer ir a matar a todos esos colas y mariposas, porque eran antinaturales, eran la escoria de la creación de dios.

Esa tarde recorrí todos los prostíbulos y no encontré nada, todos estaban cerrados, todos abrían muy tarde por las noches, preguntaba en los quioscos si conocían a alguno de los travestis que trabajan ahí, y las respuestas fueron escuálidas y con cierto rechazo. Fue así como terminé en Placeres preguntando por alguien que jamás había visto con su disfraz de hombre y nada, mis esperanzas se esfumaban y el sol comenzaba a guardarse en el mar. Triste bajé por los cerros, buscando en la cara de los hombres que se cruzaban algún rasgo, o algún indicio de que por ahí estaría, pero jamás apareció.

Cuando llegué a embarcarme sentí que este momento me seguiría toda la vida, que un amor pasajero sería aniquilado de tirón, por ser prohibido, por ser perverso. Con mi fusil en mano, me posicioné en mi lugar asignado como todos los demás. Para cuando dieron las una y media comenzaron a lanzar las pequeñas embarcaciones al mar y surcamos hasta la orilla. Al llegar a la playa nos dieron órdenes a mí y a un compañero de quedarnos cuidando los botes y el resto fue a la cacería.

No tardaron en llegar, algunas aún con sus pelucas, lanzando chuchadas a los marinos, que mejor se lo metieran y terminaban el asunto ahí, que qué se creían que porque tenían un fusil la iban a tener más grande, que ahora se hacen los machitos pero que el otro día lo único que pedían era que les prestaran un culito. Otros en cambio no tenían pelucas, estaban llorando, no paraban de decir, mírame hueon, mírame, soy un hombre igual que tú, por qué me vas a matar. Y nadie respondía. Todos maniatados los metimos en los botes y comenzamos a navegar mar adentro.

Las chuchadas no cesaron, las que al comienzo se habían mantenido dignas y firmes comenzaron a lanzar un gran llanto y todas comenzaron a llorar y yo no fui la excepción. A algunos compañeros igual se les cayeron las lágrimas y golpeaban con fuerza a los travestis. Amarrados con cadenas, uno tras otro fueron cayendo. Fue en ese momento que del bote más lejano al mío se escuchaba una discusión y todos comenzaron a tomar atención, un marino cayó al agua y el travesti causante fue duramente golpeado. El grito final de aquel muchacho fue revelador.

Te amo Alejandro.

Mata a este maricón me dijo el capitán, desconcertándome completamente, hace segundos había visto como habían lanzado al mar a mi amor y ahora me tocaba matar a un travesti. No puedo capitán, matar no está bien, no hay una razón para hacer esto. Con la culata del fusil, el capitán me golpeó la cara y luego me apuntó. Elige, tu o el maricón.

Mis sueños se han encargado de repetir esta escena un millón de veces, despierto llorando, queriendo haber elegido el puesto del travesti, haber querido atarme con cadenas y haber ido tras mi amor en el fondo del mar.

Cuando las tardes se hacen eternas recuerdo aquellas palabras que tuvimos antes de que me fuera a la Base Naval, después de ese encuentro carnal. Me había preguntado por mi nombre, Alejandro yo le dije, tienes unos ojos que reflejan sufrimiento igual que los míos. También te quería preguntar si esto es real. Obvio que sí, todo es real, lo que sentimos es real. Entonces te pido disculpas, me dijo. Por qué repliqué. Porque el amor no se encuentra en un prostíbulo, ni menos en una cama llena de semen, se encuentra en el parque, en la playa, en una sala de clases. Me quedé en silencio y él también. Cuando había pasado un largo tiempo, le dije si le podía preguntar algo y el accedió. ¿Quieres salir a la playa uno de estos días, cuando este de franco? Y sus ojos se iluminaron.

Cada vez que veo el mar lo recuerdo, cuando camino descalzo por la arena, cuando sueño despierto mirando el horizonte, lo escucho decir:

Sí, cuando quieras vamos a la playa.

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