Retro-cine

Retro-cine

Era un lluvioso agosto cuando decidimos ir a ver una película al cine. Llegamos todos empapados a comprar palomitas de maíz y sin una certeza clara de que película ver. Cuando entramos a la sala después de haber pagado nuestros boletos, nos sacamos la ropa mojada y la dejamos en unas butacas más abajo para que se secaran. La sala se encontraba media vacía, había otra pareja de enamorados igual que nosotros y algunas personas solitarias que solían visitar el lugar de manera regular. Se apagan las luces y todo se vuelve negro oscuro y silencioso. Un presagio de que la película comienza.

La historia no era muy buena, pero el desenlace fatal y poco común hacía de la película, según los críticos, una película de culto. Un viejo policía tomaba wiski en un bar muy apagado, los colores eran todos muy opacos, se podría haber dicho que la película era en blanco y negro, pero los colores eran suaves.  La película estaba subtitulada y los actores pasaban del francés al inglés sin ningún problema. La historia era de la siguiente manera:

El viejo y retirado policía que se encontraba en el bar tomando wiski se encontraba algo confuso, con un poco de miedo, hace días le había entrado una carta por debajo de la puerta de su casa en donde lo ponían una serie de números y nada más. Él entendió que podía ser un número de algún caso y partió en su destartalado Mustang a la comisaría. Ahí fue recibido con saludos muy cordiales, todos le preguntaban cosas, era una especie de símbolo o celebridad en aquella comisaría, había sido el capitán durante muchos años de su vida y todos y todas le tenían respeto. Al entrar a esa comisaría yo creo que al menos creció unos diez centímetros a punta de halagos y buenos deseos. Al llegar a su antigua secretaria le entregó el papel que esa misma mañana le habían deslizado por debajo de la puerta. La secretaria con un claro desazón recibió el papel y se fue al lugar donde se encontraban archivadas todas las causas. La desazón no era menor, el viejo policía se encontraba en una especie de relación amorosa con la hija de la secretaria que no era más que la imagen viva de su propia madre, solo más joven y con ideales contrarios a lo que suelen tener los policías. Cuando entró como un novato a la comisaria la secretaria era una joven hermosa, que atraía las miradas de todos los policías, pero era una profesional, por más que los distintos policías le pedían una chance, una cena, una cita, esta los rechazaba y les decía: Saldré contigo el día que me traigas la cabeza de un narcotraficante, cosa imposible, todos sabemos el miedo que tienen los policías frente a estas narco-personas. Así transcurrieron los años y cuando ya le faltaba menos de un año para jubilar en medio de un bar mala muerte encontró a lo lejos a una bella mujer, que le parecía muy familiar. La joven en cuestión era la hija de la secretaria que se encontraba pasándola bien con sus amigas y amigos. Él solo bebía el amargo trago como solía hacerlo, en una mesa de dos, solo, con un wiski con hielo y la mirada en busca de sostener otros ojos. La joven un poco ebria y decidida se fue a sentar con el viejo, que la miró sin preguntar nada, en su mente solo pensaba en el parecido que la joven tenía con su secretaria. La joven tomó de su trago y le dijo, debes ser policía, por mi casa se pasean siempre, todos distintos, algunos altos, algunos flacos, algunos calvos, algunos con muchas condecoraciones y algunos que no tienen ninguna, pero sabes, algo tienen en común. El viejo le preguntó que qué era eso en común. Esto, lo que bebes, todos los policías beben wiski con hielo. De esta forma comenzaron a hablar, por un momento el viejo pensó que era un broma, que de seguro esos amigos y amigas con las que estaba la habían retado a sentarse y beberle el trago a ese viejo moribundo y solitario por puro joder o por alguna oscura apuesta. Pero la verdad era otra, la joven al ver que por su casa se pasearan tantos policías tenía la duda, o más que una duda, una curiosidad en aquellos entes que deciden perder la voluntad propia por ejercer la voluntad del Estado. Y así pasó la noche, en una especie de interrogatorio, en donde el policía cada vez se sentía más incómodo con las preguntas que la hacía la joven. ¿Y los policías hacen el amor? Y el policía se empinó el vaso y los hielos rozaron sus bigotes. ¿Qué crees tu? Yo creo que no, tu voluntad está vendida al Estado, no eres más que un esbirro, de seguro que si algún día haces el amor lo harías en el nombre del Estado, o gritarías ¡Viva Chile! O tal vez el Estado te cortó las bolas y el pene y te dejo eunuco para siempre.

La fui a dejar en el destartalado Mustang a su casa. No está bien manejar ebrio, pero si un policía se atreviese a pararme y hacerme un control, solo le quedaría hacerme una reverencia y hacerme pasar. Cuando nos subimos al auto prendí un cigarrillo y bajé la ventana para botar la colilla. Cuando comencé a manejar dejé el cigarrillo quemándose entre mis labios y surcamos las oscuras calles. Ella al verme concentrado en la conducción decidió sacarme el cigarrillo de la boca y besarme en los labios. Creo que has sido el policía más simpático que he conocido en mi vida. ¿Has conocido muchos policías? La verdad es que sí, mi madre siempre los trae, creo que te lo había dicho, una vez uno de los más guapos que había visto, entró a mi pieza en medio de la noche e intento violarme. Un silencio inundo el auto. El rojo del semáforo se plantó de lleno y la frenada hizo bambalear nuestras cabezas. ¿A dónde recurro si es un policía el que me viola? El rojo eterno y de entre mi boca quería decir que tenía que recurrir a la policía, pero era inútil, era muy fuera de contexto, jamás nos prepararon para esto, para responder preguntas difíciles. Siempre hemos vivido solas, mi madre y yo, es por esto que a modo de defensa guardamos cuchillos en muchas partes de la casa. Cuando vi que ese policía quería violarme, le dije que sí. Le dije que fuéramos al baño y el me siguió, lamentablemente esa fue su perdición, saqué un cuchillo de mi velador y fuimos al baño. Me arrodillé, para hacer el ademán de una felación, y fue ahí cuando le rajé todo su aparato, apuñalando sin cesar a ese violador.

En mi mente recordé de inmediato al Judío, un policía que le habían puesto ese apodo porque según él había sido mordido por una puta y esta lo circuncidó. Miserable, exclamé.

Al llegar a su casa, me dio las gracias por haberla escuchado, dijo que nunca había hablado una palabra de aquello y que jamás pensó que se iba a sentir en confianza de decirlo, ni menos a un colega de su madre. Solo he tenido malas experiencias con policías, dijo la joven, son todos tan cuadrados, tan llevados a sus ideas, al menos tu eres distinto. Mi madre no está ¿Quieres pasar? Acepté.

Al entrar ella se me abalanzó como una fiera y yo duro como piedra recordé lo joven que puede llegarse a sentir uno al hacer el amor.

Antes de salir de la casa miré los cuadros familiares, me cayó un balde de agua fría y comencé a llorar, a sollozar, a acurrucarme. Salí furibundo de la casa y me marché en mi destartalado Mustang.

El hielo se comenzaba a derretir y el wiski ardía en mi cuerpo. Y me encontraba solo, en una mesa de dos, pensando en aquel caso que la secretaria de mala gana me pasó. Fue un caso bastante mediático en su tiempo, encarcelamos a unos indígenas de haber quemado una casa y en su interior a una familia entera. No había pruebas suficientes, pero fueron encarcelados por 20 años. De la fecha de su encarcelamiento hasta ahora ya había transcurrido el tiempo para que aquellos indígenas que querían recuperar sus tierras fueran liberados. Aquel día de agosto llovía copiosamente y quedé de juntarme con la joven, le ofrecí ir al cine y ella me dijo que sí. Llegamos todos mojados y dejamos nuestros húmedos abrigos en las butacas de adelante. No había mucha gente dentro de la sala, solo un par de parejas y algunos hombres solitarios. La película trataba de un policía retirado, que había vuelto al negocio debido que se había abierto un caso en donde él era el protagonista. En medio de la película comencé a sentir náuseas y le dije a la joven que no podía seguir estando ahí, que me sentía abrumado, que me dolía el estómago, ella me abrazó y me dijo que todo iba a estar bien.

Prendí un cigarrillo afuera del cine, debajo de su gran escaparate, ella no paraba de abrazarme, empalagosa, enamorada. Sentí el amor, el amor de una joven, una ingeniosa joven que le había dado la oportunidad a un viejo de conocer el amor. Las puertas del cine se abrieron de par en par y de ahí salieron dos encapuchados con armas de fuego en sus manos, dispararon todos los cartuchos que tenían y salieron corriendo del cine. Ella me abrazó con fuerza y de entre los dos salía un rojo ardiente que comenzaba a caer lentamente. Mi amada en su último aliento me dice que me ama, y la sangre se comenzaba lentamente a apozar y a correr hacia abajo, hacía las alcantarillas, como si los créditos de una película fuesen.

8 respuestas a “Retro-cine”

  1. Un relato muy bueno, o mejor dicho una película excelente, redonda, con una atmosfera muy retro y visual y un ritmo dinámico, de buen cine negro. El poli es un personaje sobresaliente, me encantó,muy carismático…espero que de momento no se jubile y entregue la placa.

    Me gusta

  2. Un gran cuento, fascinante la forma en que la historia parece adentrarse en un bucle. No se que tan gran sujeto me parezca el policía, ya que es un policía al fin y al cabo y además profanado cunas, la joven encantadora. Realmente una buenísima mezcla. Un deleite leerlo

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: