Crónica Bastarda 4 o La primera lluvia de abril

LORENZO ARENAS. 2 de abril 2022.

El día comienza nublado, de hace días que se comenta entre las bocas de los que hablan que los días vienen helados y que haya comenzado por fin abril y se haya ido el eterno marzo genera en todos una falsa sensación de avance. Y tildo de falso avance porque el tiempo inexorablemente va a pasar y mientras los celulares pasan automáticamente al horario de invierno yo me quedo una hora en el pasado.

Me resulta interesante escribir esta crónica desde mi hogar, desde mi casa, desde Lorenzo Arenas. Porque cuando me propuse realizar esa crónica pensé que tengo que elegir una vereda, un rincón desde dónde represente a alguien más o quizás tome como propia la voz de la gente que habita este sector de Concepción. Y esto no es nada nuevo para mí, en algún periodo de mi vida estuve en la Radio Comunitaria o en la Asamblea de Lorenzo Arenas, pero ahora no soy más que un simple mortal, que no se organiza con nada ni con nadie, pero que ve como esas instituciones que algún día fui parte, aún empobrecen las visuales de las murallas de mi población, aún son lastres de los cuales algunos tienen que arrastrar.

Mi tío desde el balcón de al frente me grita:

-¡Se va a poner a llover!

Una pequeña lluvia cae en la tarde y veo como las ropas que cuelgan desde los balcones comienzan a entrarse. No me imagino como aquellas ropas se iban a secar, si en alguna secadora o como recuerdo que lo hacía un amigo que vivía unos blocks más allá. Una estufa a parafina que se tenía que prender afuera en los balcones y después era introducida en el baño en donde las ropas se colgaban como pudiesen y terminaban secándose.

La lluvia para y estoy solo con mi hermano en casa, pero eso no dura mucho porque siempre hay vecinos que les encanta estar con nosotros, básicamente porque nos encanta jugar play, nos encanta compartir memes y reírnos de la desgracia y de la dicha.

Salgo a comprar pan como costumbre y aprovecho la instancia de tregua que da la lluvia. Camino por Lorenzo Arenas buscando pan y decido caminar un poco más de lo normal, o más bien de lo que se esperaba. Porque lo común hubiese sido haber comprado pan al frente de mi departamento, pero tenía ganas de caminar y sentir el olor a tierra húmeda de la primera lluvia de abril.

Una contradicción

Caminando llego a frente de la iglesia Cristo Rey, veo un rayado que dice “Asamblea Lorenzo Arenas en la lucha” y una vergüenza me inunda. La razón es porque al lado de ese rayado que quizás hice con compañeros años atrás, vive una persona. Vive en la acera, entre colchones, frazadas, cartones y latas. Alguien vive ahí en la intemperie. La pequeña lluvia que había caído antes no era suficiente para que los muchachos (porque después me di cuenta de que eran dos los que vivían ahí) se movieran de ahí. Que contradicción pensaba, atrás de ellos ese rayado que sentía que tenía que ir a rayar o tapar, pero realmente a los que tenía que tapar de la lluvia era a esos dos hombre, y delante de ellos una iglesia cerrada, que si estuviera abierta al menos esos vagabundos podrían haber dormido abajo del señor, debajo de Jesús crucificado, pero ninguna de esas cosas iba a pasar.

Cuando volvía a casa con el pan comprado me encontré con un amigo que me vendió un 05. Al menos tendré algo para volar esta noche pensé, así evitaba un poco todos mis pensamientos y esta crónica la tiraba a la basura. Pero eso era imposible. Mi tristeza con los días lluviosos van de la mano desde siempre. Si llueve afuera, en mi espíritu garuga y es el agua la que termina en tinta en los papeles.

Llegué a mi casa y el olor que salía de ella era el olor a hombre, un olor a sudor y desodorante, una mezcla que percibía entre medio de las risas y sentimientos de rencor, porque picarse mientras se juega play es más común de lo que parece.

La lluvia comenzó a caer como goterones y con eso cayó la noche.

Los chiquillos querían comer unos sándwich, así que le dije que me podía sacrificar por el team y que yo con mi casaca podía ir a comprar lo que ellos quisieran. Salí y me fui apegado a los blocks para no mojarme tanto. Antes de llegar a la Copec estaba un caballero. Aquel señor que siempre estaba ahí vendiendo cosas, se encontraba aún vendiendo bajo la lluvia. Vende frutillas y paltas que compra en la vega y después revende a los autos que se amontonan en la Copec. A los autos que se detienen en el rojo y a los autos que se ponen a echar bencina en sus estanques.

Pasé al lado de él cruzando la calle y escuché el siguiente diálogo:

-Cómpreme unas paltitas-

-¿A cuánto las tiene?

-A dos mil pesos – Y el señor del auto le pasa cinco mil – déjese el vuelto y váyase para la casa.

Y el verde dio en el semáforo y el auto se fue. El señor que vendía me quedó mirando y me dijo:

-Cómo me voy a ir a mi casa, si ahora que está lloviendo todos me compran.

Las palabras resonaron en mi cabeza, yo nunca le compro porque por lo general vende cosas que están a punto de podrirse, de seguro que recoge las paltas que desechan los vendedores de la Vega. Recordé la vez que tuve que vender tarjetas navideñas. Al principio nadie me compraba, representaba supuestamente al Hogar de Cristo (después me enteré de que todo era una farsa) y nadie me compraba. Mi amigo que me había llevado a trabajar me dijo: miénteles y eso hice. A mis compradores les decía que una tarjeta navideña significaba una cena para un abuelito del Hogar de Cristo (lo que era una mentira) y dando pena lograba vender todas las tarjetas. Y me remito a eso, porque aquel señor que vendía paltas y frutilla lo entendía muy bien, ahora mojado daba más pena y lograba vender todos sus productos.

Llegué al carrito negro que vendía los sándwich y capeaba la lluvia debajo de una improvisada tienda que salía del carrito para que no nos mojáramos o en caso de sol no nos quemáramos. Ahí pensaba, mientras la lluvia no amainaba, en aquellos muchachos que había visto mientras iba a comprar pan, aquellos que estaban viviendo en la calle. Me ponía a pensar en que deberían haber movido su improvisada tienda para no mojarse, pero ¿para dónde? Si su hogar era la calle, me entristecía pensar que a menos de un kilómetro de mi casa, una persona o dos no tuvieran donde dormir, o tal vez sí, pero estaría durmiendo mojados, y que incómodo debe ser tratar de dormir en esas condiciones.

Y el recuerdo nuevamente me inunda. Había días en donde con otros compañeros de asamblea hacíamos ollas comunes y muchas vecinas y vecinos llegaban a buscar un almuerzo. A veces sobraban y teníamos que salir a repartir en bicicleta por las distintas calles de Lorenzo. De alguna forma esa olla común se transformó en onces, que repartíamos por la población. Siempre recordaré cuando nos encontramos con uno de esos muchachos. No recuerdo su nombre pero me hubiese gustado acordarme, era viejo y era pastero. El al ver que nos poníamos afuera del Cisne a repartir cafecitos y panes él se alegraba, nos conversaba e intentaba acaparar a todos sus amigos en situación de calle que pasaban por ahí. De repente me dice que lo acompañe, que le fuéramos a dejar una once a un compañero. Yo le pasé la colación para que el fuera, pero el insistió en que lo acompañara, así que fuimos juntos. En un callejón oscuro, detrás de un departamento, en lo que pudiera haber sido mi patio, había un hombre en el suelo, cochino, drogado, tapado con unos cartones, quizás ebrio, pero sobre todo solo.

-Compañero mire, una colación para que tenga algo para comer- dijo el hombre.

El muchacho que estaba entre los cartones abrió un ojo y estiró la mano, tomó la colación y siguió durmiendo. Salimos del callejón y aquel tipo del cual no recuerdo el nombre, aquel que se acordó de su amigo o quizás era solo un conocido, me dio las gracias, porque cuando él estaba en la calle nunca nadie le daba algo y que agradecía enormemente que le hayan dado algo que comer, me pidió disculpas y yo le decía que no era necesario, pero el reponía en que sí, porque tenía que dejarme para ir a fumarse una pastita.

Nos quedaban algunas colaciones y se había formado un grupo de gente de la calle que se tomaban un cafecito y conversaban de la vida. De lo injusto de la vida. Se repitieron el plato casi todos y aún nos quedaban cosas así que fuimos a darle comida a gente que viven en unas chozas rudimentarias cerca de la Vega Monumental. Ahí nos encontramos sorpresivamente con un grupo de hermanos de iglesia que estaban en nuestra misma misión. Comenzamos a hablar y ellos se paseaban por todo Concepción haciendo lo que nosotros habíamos hecho en Lorenzo Arenas, así que le pasamos las colaciones que nos sobraban para que ellos terminaran de entregarlas, nos dieron las gracias, nosotros las gracias de vuelta y nos fuimos. Cuando veníamos de vuelta reflexionaba en que la supuesta organización política en la que participaba no tenía ninguna diferencia a una iglesia. A lo mejor si un revolucionario predicara por la revolución esta hubiese llegado antes, pero no es así la historia.

Antes empapelábamos toda la población con propaganda política y sobre la rebeldía, ahora estamos plagados de avisos de Tarot, debe ser por la próxima publicación de mi cuento del mismo nombre.

¿Qué cómo terminan las historias? Con las primeras lágrimas de abril.

10 respuestas a “Crónica Bastarda 4 o La primera lluvia de abril”

  1. Desgarrador relato acerca de la realidad de la gente en situación de calle, nos hace replantearnos nuestro rol dentro de la sociedad. Somos capaces de darles una mejor vida? Depende de nosotroxs realmente?

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    • Me gustaría decir que depende de todxs, pero hay que cuestionar el rol asistencialista del estado que no mejora las condiciones materiales de las y los más desamparados de la sociedad. Las organizaciones políticas que se dicen territoriales o populares están más preocupadas de hacer una barricada o un acto cultural que de ir de lleno a mejorar la vida de las personas con educación popular, techo y alimento. Solo es dificil darle cara a esta situación, si somos más podríamos hacer lo imposible. Un beso y un abrazo rebelde!!!

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