TAROT

TAROT

Siempre he dicho y hasta al cansancio que cuando se habla de otra persona, se habla más de uno que de esa misma persona.

Esta mañana me llegó la regla. Desperté con fuertes dolores menstruales y me sentía desgraciada. Hoy podría haber sido un día de ovulación y me hubiese sentido maravillosa, como aquellos días en donde me sentía hermosa y un chico me invitó a salir, me pareció extraño que me lo dijera en persona, me dijo: Ale qué vas a hacer mañana después de clases y yo le dije que nada. Porque me pilló volando bajo o estaba pajaroneando y no me di cuenta de sus intenciones. Me dijo Ale te tinca si después de clases nos juntamos y pasamos un rato juntos. Esa pregunta me iluminó de algún modo y pensé “aaah” con ese tono resolutivo, como concluyente de que había caído en cuenta. Le dije que apañaba y que nos veíamos mañana. Agarré mi celular y me di cuenta de que aquel compañero no tenía redes sociales ni nada, no había forma de que me pudiera aparear digitalmente con ese ser, no podía ponerle me gusta a sus foto y el menos a mí, yo creo que por eso me habló personalmente. Yo no lo hubiese podido hacer, a pesar de que me sentía fabulosa y posible de todo, básicamente porque me daba vergüenza ese tipo de situaciones y si le hubiese pedido al compañero que me gustaba que saliéramos me hubiese dicho lo más probable que no, porque como yo probablemente había veinte más. Pero este muchacho, a pesar de no ser el más guapo, ni menos el más atractivo de todos se arriesgó y eso me gustó.

-¡Alejandra a comer!- gritó mi mamá.

Le hablé a mis compañeras de aquel muchacho, nadie sabía mucho de él, a una compañera le había tocado ser grupo con él en un trabajo, pero era silencioso y no intercambiaron muchas palabras. Lo que sí trabaja bien, acotaba mi compañera. Algunas no lo habían visto nunca. Y yo le decía es un chico de lentes, sin barba, blanco y flaco. Me dejas igual, me respondía una amiga.

– ¿Y sabes que signo es? – preguntó una compañera

Yo no lo sabía. Y eso me generó ansiedad. Ojalá no sea Géminis o Virgo, era lo que pensaba, aunque pensaba si yo era Leo era probable que pudiera domar a cualquiera. Pero en qué momento se había trasformado una simple cita en una montura de animales, eso no lo sabía. Pero era extraño, porque solo habíamos intercambiado un par de palabras y yo ya pensaba en como daría los besos, si le gustaba los besos con lengua o le gustaba los besos como las novelas, si cuando besaba le gustaba agarrar cintura o agarrar espalda. Me imaginaba los escenarios posibles, dónde le gustaría que nos juntáramos, le gustaría que fuéramos por un paseo por el interior de la Universidad, o le gustaría que le acompañara a hacer algún trámite, o nos sentaríamos en los pastos y conversaríamos de la vida y quizás como era la primera cita ni siquiera un beso nos daríamos, a lo mejor solo conversaríamos, de lo que pensamos, de lo que queremos ser, de cuales son nuestros planes a futuro. A lo mejor me invitaría a fumarnos unos caños y la idea me aterraba porque cuando fumo con alguien que no conozco suelo irme para dentro y la gente que me rodea se da cuenta, o a lo mejor me iba a invitar a unas cervezas y ahí las cosas se ponían un poco más aleatorias, porque yo con una chela comienzo a hablar como cotorra y a lo mejor eso lo podía espantar.

Me senté a almorzar con mi madre y le dije que me había llegado la regla. A mí también me respondió. Madre e hija sincronizadas, pensaba. Mientras cuchareaba la sopa pensaba en que esta noche no había soñado nada, o tal vez sí, pero era tan difuso el asunto que me daba la impresión de que si hubiese soñado era algo relacionado con la suerte, pero no había ninguna imagen clara, lo que sí era un sabor, el sabor de la suerte que tenía el mismo sabor que la sopa que soplaba en la cuchara sopera para que se enfriara un poco.

-Me voy a comprar un Tarot- le dije a mi mamá.

Mi mamá, que en ese momento se encontraba media encorvada tratando de leer los titulares de las noticias y que mostraban que habían baleado a un estudiante en una protesta, se puso erguida y me miró con sus acechantes ojos.

-Ya estás hablando güevadas- y siguió mirando los titulares de las noticias

Y puede que haya tenido razón, gran parte del día hablaba güevadas y muchas veces me lo decían y me hacía cohibir, siempre eran mis amigos hombres los que me decían: oye Ale, cállate un rato y yo sumisa me callaba, y ellos comenzaban a hablar de futbol o de la serie de moda. Siempre me sentí un poco invisibilizada por el resto, tanto como por mis amigos como por mi mamá. Siempre preguntaba cosas y siempre terminaba aburriendo a la gente con mis preguntas. Cómo no vas a saber eso, algunas veces me respondían o búscalo en Internet y a mí me daba pena que ese tipo de personas fueran mis amigos, los únicos que tenía. Conocidos muchos, compañeras pocas, amigos menos. Me daba una tristeza enorme que en específico Matías me tratara tan mal. Éramos amigos desde que tenía uso de razón y desde aquel mismo momento que me sentí atraída por él. Era un hombre muy lindo, físicamente hablando y cuando estábamos solo los dos se comportaba muy bien y hablábamos de un montón de temas, él me hablaba de las películas que veía y yo de los libros que leía, intercambiábamos gustos musicales o a veces nos pasábamos la noche entera escuchando música en mi pieza, sin que él me tocara ningún pelo, y yo sin el suficiente valor para decirle que me gustaba.

Siempre me cuestioné esto, cómo una persona que se comportaba tan bien cuando estábamos solos fuera un completo estúpido cuando había más gente. Eso pensaba cuando estábamos escuchando música en mi pieza. Me veía en la insoportable contradicción de querer seguir siendo su amiga y aceptar que él jamás se fijaría en mí, de que él jamás me trataría como una amiga frente a todos, acaso no soy una vergüenza, acaso no soy más que una bolsa de excremento que se tira flatulencias como palabras…

Me sentía mareada y comencé a sentir nauseas, ambos mirábamos el techo y formábamos figuras con el terciado barnizado de un café rojizo, Matías mencionaba que podía ver perritos, pero por sobre todo pozas, yo le respondía que podía ver una imagen de un indio apache, de espalda y que si caía sobre la ciudad alguna bomba radioactiva, los futuros investigadores darían con aquel trozo de madera y dirían, aquí se puede ver la sombra que dejó la bomba a su paso.

-¿Qué harías si te enteras que en treinta minutos va a caer una bomba nuclear acá?-  pregunté

Pero no me respondas y me levanté a beber un poco de agua para salir de mi estado de presión baja, la sangre no me corría ni por los labios y pequeñas estrellas comenzaban a nublar mis vista. Sentía como mi mamá me preguntaba si me encontraba bien y yo respondía que estaba super, sin poder hacer contacto visual con ella.

Mi compañero se llamaba Ariel y era Aries. Lo supe porque se lo pregunté cuando estábamos sentados en los pastos de la universidad. Nos juntamos un día Martes ponte tú y ese día teníamos clases hasta las seis. Eran las cinco más o menos y él se levantó de su puesto con su mochila, como se sentaba en los primero puestos la profesora le preguntó que pasaba, le dijo que tenía que ir al médico y que lamentaba tener que perderse la clase. Agarró sus cosas y se levantó, caminó por el pasillo y entré los compañeros me buscaba, porque cuando me encontró me guiño un ojo.

Por mi mente comenzaba a pensar en lo lamentable que era que Ariel no tuviera redes sociales, porque no podía preguntarle nada, qué realmente le había pasado, que si realmente tenía médico y qué significaba ese guiño, ese maldito ojo cerrándose. Me impacientaba, pensaba que a lo mejor se había olvidado de nuestra cita y a lo mejor tenía que salir corriendo de ahí a preguntarle que qué había pasado, por mi mente pasaban muchas películas y me gustaría enumerarlas todas y contarlas todas, pero una compañera entendió todo mejor que yo, porque cuando le pasan las cosas a otro es fácil darse cuenta, pero cuando les pasa uno no entendemos nada.

-Hoy te toca güachita- me dijo dándole énfasis a la ch.

Pero mamá que tiene de malo en leer la suerte, tontos los que creen en la suerte y más lo que gastan dinero pidiendo que les lean la suerte. Y si no crees en la suerte, cómo va a haber gente que te va a creer, pensaba imaginando una conversación con mi mamá, pero ella estaba impactada por que en los titulares se mencionaba que un tipo había violado y matado a su expareja para después él suicidarse.

-Maricón- decía enfurecida mi madre.

Pero veamos, que si creo o no en la suerte creo que es irrelevante, si finalmente cada carta del mazo significa algo y si hago las preguntas correctas alguien va a caer en cuenta y si quieren saber algo yo les podría decir cualquier cosa, siempre intentando llevarle esperanza, pero es obvio que iba a tener días en lo único que iba a leer eran tragedias y me imaginaba en el Paseo Peatonal de Barros, con una mesita y barajando las cartas, mientras la gente pasa y me mira con miradas peyorativas, típico de los artes ocultos, aunque ni tanto si estoy aquí en medio del paseo. Alguna mujer se sentaría y antes de que yo le pudiera dar la elección de que eligiera una carta, me contaría todos sus problemas, que su marido no la pesca o que su hijo es un falta de respeto y yo le mostraría El ahorcado o La muerte.

Sopeteaba la sopita y las noticias eran las mismas de siempre, violencia y cahuines. Futbol, sobre todo futbol, como si los otros deporte no existiesen. Balaceras, peleas en colegios, pelea con profesores, pelea entre alumnos, alumnas yendo a funar a los colegios de hombres a los machitos que se pasaban el pack de las compañeras para su onanismo. Y así un montón de basura…

La clase terminó y me levanté un poco bajoneada, porque me había ilusionado. Y era muy dura conmigo porque me decía que no podía ilusionarme tan rápido, no podía pensar en que alguien realmente se interesaba en mí, eso no pasaba y que en realidad me lo merecía, me merecía que nuevamente un hombre me ignorara.

Escuche unas risas contenidas de mis compañeras que iban adelante mío caminando como éxodo a tomar la micro que nos llevarían a nuestros hogares. Una vino corriendo a mí y me lo dijo. Ariel venía con una rosa en las manos. Yo me sonrojé antes de siquiera verlo y me puse muy nerviosa, caminaba sobre los vestíbulos de las últimas salas de la universidad y sentía como mi cara ardía de vergüenza y Ariel me miró y me hizo una seña. Me esperó y me entregó la rosa.

-Para ti- me dijo – no sé qué decir- repuso torpemente.

-Muchas gracias – respondí – ¿vamos a sentarnos por ahí a conversar un rato? – le dije media entrecortada por la vergüenza y mi lengua que no me ayudaba en mi fundido expresar.

Nos preguntamos y nos respondimos un montón de cosas, ahí supe su signo zodiacal y él supo el mío. Me dijo que no creía en eso, que era escéptico en ese aspecto, que no le gustaba creer en cosas, en dioses o en la astrología, que si tenía que creer en algo sería en él mismo. Cuando dijo eso pensé que tal vez era otro hombre con un egocentrismo altísimo como Matías. Pero ese pensamiento se esfumó cuando me preguntó:

– Oye y ¿Aries y Leo son compatibles?

– ¿Qué crees tu?

Su celular sonó y nerviosamente respondió. Mientras él hablaba por teléfono yo miraba la roza que me había regalado, la primera roza que me habían regalado en toda mi vida. Era naranja en el centro y sus pétalos en degradé se trasformaban en amarillos. Era una rosa sin espinas, una rosa perfecta, pensaba, aunque cuando tuve ese pensamiento pensé que la rosa perfecta era la que no estaba cortada, tenía espinas y estaba en un jardín solo para que la miraran, no para que la poseyeran y eso me llevaba a pensar en el amor romántico.

Él seguía hablando por teléfono, se reía y decía que ya, que lo iba a plantear y que en una de esas llegaba ahí. Y yo ya tenía lista la siguiente pregunta para el cuestionario que nos estábamos hacíamos el uno al otro, qué piensas del amor, eres heterosexual, has pololeado alguna vez, preguntas del índole amoroso, pensaba en preguntarle a que edad había perdido su virginidad, pero esa pregunta si me la hacían devuelta me sonrojaría, porque había perdido la virginidad con Matías, en un baño, a los 17 años y fue doloroso.

Terminó su llamada y la primera pregunta que le hice fue:

-¿Y quién era?

-Eran unos amigos de Educa, el Vicho estudia pedagogía en educación básica y me dijo que estaba con unos compañeros tomando chela en La playa-

-¿En Penco?¿Tomé?

-No – se rio – La playa se le dice a esos pastos que quedan al lado de la Central (la biblioteca). ¿Vamos?

Y nos levantamos y caminos para La Playa.

Matías estudiaba también pedagogía en educación básica y quería decirle que tenía un amigo que también estudiaba lo mismo que su amigo y que a lo mejor eran compañero o algo así, pero me daba vergüenza tener que contar quien era ese amigo. Pensaba en él mientras Ariel me contaba que había ido al cine a ver la última película de Batman.

El día en que mirábamos el techo y veíamos las formas más locas que nos había podido imaginar, era porque también la marihuana estimulaba nuestra mente y nuestra creatividad. Volví a mi pieza con un vaso de agua y Matías estaba trajinando mis vinilos. Me decía que, mientras yo había ido adentro, él se había propuesto no cerrar los ojos mientras veía el techo de mi pieza y que había visto moverse las figuras y que en ese momento le dio miedo y que necesitaba escuchar algo que lo hiciera sentir bien nuevamente. Al menos no soy la única que se siente mal, pensé y Matías sacó de entre los vinilos la Novena sinfonía de Beethoven.

– ¿Será este el punto más elevado de la música blanca? – preguntó Matías.

Y agarró un lápiz que tenía encima de mi escritorio y como si fuera una batuta lo comenzaba a mover al ritmo de la canción y con sus ojos cerrados salía de ese malestar que era compartido y sentía la música fluir por su cuerpo. Yo que lo miraba con los ojos cerrados pensaba en que podía besarlo, que si sigue manteniendo los ojos cerrados podía imaginarme todas las cosas que quisiera, porque no me ve y no se daría cuenta. Matías abrió los ojos y me vio con un aspecto un poco entusiasmada y me dijo que ya sabía lo que me pasaba y agarró su moledor y comenzó a moler más marihuana. Fumamos hasta que nos quedamos dormidos. Él en un sillón que tengo en mi pieza y yo calentita en mi cama.

Al día siguiente el vinilo estaba todo achurrascado, el sol le había pegado directo toda la mañana y este se curvó y lo dejó inaudible, porque cuando me percaté de lo que había sucedido, agarré la púa del toca disco y la puse en el achurrascado vinilo. Se escuchaba como los tambores y los instrumentos de vientos sonaban guateados, muy distorsionados. Matías despertó cuando la música volvió a sonar y me dijo, que si Beethoven tenía la mala fortuna de terminar achurrascado, nosotros íbamos para un futuro casi parecido. Se despidió con un beso en la mejilla y se fue.

Llegamos a La Playa y para mi sorpresa estaba Matías, que me saludó solo moviendo su cabeza desde lejos. Era un grupo bien diverso, cabezas de todos los colores, pelos largos y pelos cortos, hombres, mujeres y probablemente alguno o alguna era trans o queer. Aunque eso lo supe a ciencia cierta cuando uno de los que formaba el circulo dijo gritando que nos teníamos que presentar todos. Nombre, talento oculto y signo zodiacal.

Siempre me ha molestado cuando sopetean la sopa y hacen esos ruidos extraños, intentando de que la sopa pase de a poco para que no queme, nunca me ha gustado el sonido que hace la comida en la boca de las personas, siempre intento comer con la boca cerrada pero mi mamá siempre come con la boca abierta y hablando de temas de los más variados, casi siempre comentando las noticias.

Cuando se presentó Matías dijo:

-Hola, me llamo Matías, estudio pedagogía en educación básica, mi talento oculto es ser un poeta y mi signo zodiacal es Sagitario – y todo el círculo comenzó a murmurar y hacer preguntas del índole de cómo eran los sagitarios y cosas así, a lo que Matías repuso – Los sagitarios caminamos a cuatro patas y hacemos esto – y como si un flechero fuese, junto sus manos, empuño su derecha e hizo el ademán de lanzar una flecha. Flecha que tenía una clara intención de herirme a mí. No sé porque cuando hizo esto todos se rieron y yo también, pero no sé porque pensé en una herida y no en una conquista o en un mensaje, solo pensé que esa flecha que lanzaba Matías me hería.

Cuando me tocó a mi presentarme dije lo que ya todos saben, y que además también caminaba a cuatro patas y que era la reina de la selva.

Así comenzaron a correr las chelas, ya todos y todas y todes nos conocíamos y el ambiente era fraterno, algunos sacaban pitos y yo a pesar de que había dicho que no me gustaba fumar cuando estaba conociendo a alguien igual fumé. Tal vez porque estaba Matías y el me otorgaba una seguridad que cuando la volvía a pensar era una falsa seguridad. De repente hablaba con Ariel al oído y le comentaba alguna cosa de los integrantes del círculo y nos reíamos cómplice de nuestras bromas. Esa mujer de ahí, que está pelada, perfectamente puede ser un resfalín de piojos. ¿habías conocido a alguien que abiertamente se presentara como alguien no binario? Pero si aún parece mujer. ¿Cómo tiene que parecer un no binario? Tal vez como ella, ósea elle.

Yo veía como Matías me observaba cuando reía con Ariel y sentía en esa mirada un celo que nunca había sentido antes, el jamás me miró con amor, tal vez como una amiga, pero hasta eso era cuestionable y por más que lo conociera desde siempre era una persona la cual tenía que sacar de mi vida. Ariel me dijo que iba a ir a mear y el puesto de mi lado quedó desocupado. Matías llegó en su lugar y me comenzó a hacer preguntas.

– ¿Y no era yo la de las preguntas? – le paré en seco.

– ¿Y quién es él? – me preguntó

– Es mi pololo – le mentí.

– Y por qué no me habías contado.

En eso es que llega una gran amiga, Panchita. Que por lo que supe estaba vacilando en uno de los grupos que estaban al lado del nuestro y no estaba segura si era yo o no. Así que se levantó para mear y me vio y fue imposible no saludarme. También saludó a Matías que la saludó fríamente. Panchita comenzó a decirle a Matías lo bacán que era yo y comencé a ponerme un poco roja. Mi amiga es super inteligente, decía la Panchita, el hombre o la mujer que esté con mi amiga será afortunadísima. Porque seres como tú, seguía, no se encuentran en todas partes, eres la amiga más sincera, la amiga más inteligente que conozco y sin duda llegaras lejos. Matías, que escuchaba lo que él nunca se atrevió a decir se ofuscaba.

-¿Me acompañas a mear amiga?

Y fuimos a mear juntas a unos matorrales. Mientras caminábamos me contó que estaba un poco ebria y que había soñado conmigo. Soñó que estábamos en un estacionamiento y estábamos dentro de un auto. Hacia el horizonte se podía ver estacionamientos de autos, me dijo que sentía que estábamos en un estacionamiento típico de un centro comercial y que yo tenía una baraja de naipe español y que ella me decía: léeme la suerte. Nos bajamos los pantalones y comenzamos a mear. Ella me decía que siempre había sentido que yo podía leer la suerte, que antes de haber tenido ese sueño lo había pensado, pero que nunca me lo había dicho porque no había tenido la oportunidad o simplemente porque era un pensamiento que se le olvidaba, pero haber soñado que le leía la suerte la noche pasada y haberme encontrado era una situación propicia para contarme.

-¿Y qué carta salía? – le pregunté intrigada

-El tres de espadas – me respondió mientras sacaba un pedazo de confort que partía en dos y nos limpiábamos.

De vuelta la Panchita me hablaba de lo poco que le faltaba para poder terminar su carrera y que estaba muy feliz por eso, me dijo para callado que se estaba comiendo a dos tipos que estaban en su círculo, pero que ninguno sabía de la existencia del otro y que ambos intentaban acercarse a ella, pero se hacía de rogar por ambos y eso le encantaba. Mientras escuchaba a mi amiga yo solo pensaba en las espadas con las que había soñado mi amiga,  que me evocaban una posible decepción o un posible cambio en mi vida. Panchita leía mi suerte y ella no se daba cuenta de eso.

Llegamos al grupo y Ariel y Matías estaban juntos, pero ninguno conversaba con el otro. Me despedí de mi amiga que me dijo que nos fuéramos juntas para que nos saliera más barato el Uber, o que simplemente estuviéramos al contacto por cualquier cosa. Miré a Ariel y lo tome su mentón y le dije al oído que me besara.

Por los distintos círculos que se formaban en La playa siempre pasaba gente, vendiendo cosas, pidiendo plata, pidiendo papelillos o una manito. Siempre pasa gente ofreciéndote algo y mientras besaba a Ariel, interrumpía el momento abriendo los ojos y miraba a Matías, que sonreía nervioso. En eso pasa una chica, que toma la atención de todos, se presenta como Javiera y era aprendiz del Tarot, dijo que por un aporte voluntario de mil pesos podía leer la suerte. La persona queer le gustó mucho la idea y a mí también. Traté de buscar en mi chauchero mil pesos pero se me adelantó le otre muchache.

-¿Crees en las coincidencias?- le pregunté a Ariel y lo tomé de la mano y sigilosamente nos ubicamos cerca del lugar en donde la joven Javiera aprendiz del tarot, comenzaba a hacer preguntas, mientras barajaba las cartas y le queer person en menos de un minuto le dijo toda su vida. Ahí caí en cuenta, que esa entrevista preliminar era gravitante, tanto así que daba igual que carta saliera en la posterior lectura, podías inventar lo que fuese.

-Tu abuela sacaba el mal de ojo, quebraba el empacho, santiguaba y una vez dicen que sacó un demonio de una guagua- dijo mi madre – así que si empiezas a leer la suerte de seguro que te va bien, pero los domingos son sagrados, ten cuidado – agregó preocupada – no te metas en güevadas por favor- concluyó con una tierna voz.

El noticiero seguía mostrando el terror de la guerra y la eterna violencia que no iba a terminar nunca. Levanté los platos de la mesa y los lavé en la cocina, le dije a mi mamá que me iba a ir a comprar un chocolate porque quería pasar toda la tarde viendo películas para llorar, mientras comía un chocolate.

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