Tropiconce

Llovía con sol en la ciudad y parecía mentira lo tranquila que parecía la calle Cochrane un domingo por la mañana. Y digo mentira porque ayer en la noche del sábado pasaron cosas que si digo intranquilas quedaría corto, porque siempre el lenguaje o bien, se queda corto o lleva a la exageración. Prefiero que esta vez se quede corto y si llega a la exageración sería parte de la narrativa penquista incipiente con poetas malos pero con una pasión que no se ve en otros lugares. Uno de esos poetas era mi amigo Carlos Fellas. Carlitos, como me gustaba llamarle, me mandaba todos los días poemas nuevos, era de una capacidad creativa extensa, pero no por eso lo hacía bueno. Yo le decía que de entre tanta mierda que me mandaba de pronto iba a salir una joya.

-Esa joya hay que buscarla- me respondía siempre enojado, porque siempre fui muy crítico con su escritura.

-Esa joya hay que escribirla, buscar no sirve de mucho.

-Busquémosla- me insistía.

Fellas no era un poeta o una persona convencional. Cuando se habla de poetas se habla de sujetos o muy flacuchos que sacan las letras a tirones o de gordos burgueses que se saben las palabras más difíciles del diccionario. Carlos no era ni lo uno ni lo otro. No era de los que escribían prosa poética, de los que escribían sin rimas o sin forma, pero tampoco era de esos que se regía por la métrica exacta. Tenía una escritura singular y a pesar de que yo era su mayor crítico y el más hábil lector de sus cacofonías, en el fondo me hubiese gustado escribir como él. Escribía en papeles de confort mientras cagaba en el baño y luego de mandarme una foto de su creación procedía a limpiarse el culo con sus escritos, escribía en servilletas cuando íbamos a algún lugar a comer, escribía en la bolsa del pan cuando caminaba de vuelta de su casa de la panadería, escribía en los baños de los bares mala muerte que visitábamos, escribía en los cuerpos de los hombres y mujeres que lograba perfundir con su poesía.

Carlitos Fellas tenía un Suzuki Samurái que había comprado trabajando como garzón en la Plaza Perú. Según yo ese trabajo no daba para tanto y así se lo expresé. Él me decía que el que come callado come doble y yo no entendía a que venía toda esa mierda. El secreto que tenía Carlitos era el robo. Les robaba a los clientes cuando estaban muy ebrios y le robaba a su jefe cuando este estaba pajaroneando. Además le encantaba vender marihuana y de ahí lograba sacar unos pocos pesos, aunque en general nos terminábamos fundiéndonos con eso.

Llegó el sábado a la hora de almuerzo y mi madre siempre tan corazón de abuelita lo sentó a la mesa a comer una cazuela, mientras de fondo sonaba la Biobio. Carlos nunca comía la comida caliente, nunca supe por qué y mientras esperaba que se enfriara un poco el almuerzo con la cuchara sopera sacaba un poco de sopa y mojaba su pedazo de choclo.

-No juegues con la comida Carlitos – Le decía mi mamá.

Y Carlos pedía disculpa y esperaba un poco, mientras mi madre le hacía toda clase de preguntas que el Fellas respondía con total naturalidad.

Una vez ya almorzados nos metimos en mi pieza que estaba con una entropía inimaginable, no por nada llegó Carlitos, no por nada el desorden. Este llegó con un rollo de confort completamente escrito.

-Gasté dos rollos de confort en esta odisea- me comentaba- ambos se me cortaron como a la mitad de lo que llevaba escrito, pero como dicen “la tercera es la vencida”.

Empecé a leerlo y al principio solo me parecía un fluir de la conciencia, escritura sin sentido, sin cabeza, ni cola o pensándolo mejor, a medida que el rollo se desenrollaba y el escrito se desplegaba este poseía todas las partes del cuerpo, pero como si hubiesen sido tiradas a la juguera y fueran bien revueltos con excepción de unos genitales hermafroditos, de una delicia única y especial, que se salvaron y fueron a caer en los últimos cuadrados prepicados del rollo.

-¿Pasaste esto al limpio?- pregunté

Y mientras él volvía a enrollar minuciosamente el confort me respondía retóricamente:

-¿Y para qué? El arte es efímero y eso ya lo deberías saber. Toma- y me pasó el confort enrollado nuevamente- déjalo al lado de tu velador para que te limpies cuando ya tu sabes, en una de esas un homúnculo nace y tendríamos nuestro primer hijo.

Nos reímos un rato de la estupidez que salía de su boca y Carlos Fellas sacó de su eterno banano rojo un poco de mota y comenzó a moler y enrolar. Mientras tanto me trataba de convencer de que iba a inaugurar un nuevo estilo de literatura, una nueva narrativa, una nueva poesía, que sería llamada como el género bastardo, mezclaría la poesía, la novela, la crónica, la noticia, la performance, la crítica, el cuento, el microcuento, etc.

-El que mucho abarca poco aprieta- le decía como recordándole los aforismo que el pueblo hace para que no se nos olvide la sabiduría popular.

Y me devolvía una mirada inquisidora, como volviendo de las nubes, volviendo de ese espacio en donde las nubes eran papeles higiénicos y él escribía con libertad de un dios en estos y luego se sonaba los mocos de su miembro, o se la ponía en su vulva sangrante. Sus ojos chocaban con el suelo y sentía la superficie, el sabor que su lengua le expresaba al volver al espacio de mi pieza, al espacio de la entropía, que atrae y repele, al desorden.

Carlos Fellas siempre se presentó como Carlos Fellas, aunque yo sabía que ese no era su nombre real, jamás supe realmente como se llamaba, jamás le pregunté si era hombre o mujer, jamás le vi los genitales, como si eso realmente importara. Jamás le pregunté nada de nada y yo creo que por eso nos llevábamos tan bien, me sentía engatusado por su forma de ser tan libre, a pesar de que las rejas de las jaulas eran invisibles siempre. Y yo creo que yo le agradaba porque representaba algo que él no y nos podíamos comunicar a la perfección. Yo era un lector ávido de lo que sea y a él no le gustaba leer, a él le gustaba crear, solo crear. Había días en donde me visitaba y solo me pedía que le contara los libros que leía y por favor hazlo con detalle, me pedía. Finalmente sentía que yo era el que se pasaba horas tratando de entender a diversos autores, días metido en alguna disyuntiva, que él en cambio solo le costaba un porro y una tarde sentado en el sillón de mi pieza. Le encantaba que yo fuera el que digería la cultura antes que él. Muchas veces él me decía que era un pajarito que abría el pico en busca de comida y que yo era su madre, que buscaba lombrices tiernas y que la masticaba antes para que él no se empachara.

-El primer caño que alguien fume en su vida, debería estar acompañado de Pink Floyd, ojalá con el disco el Lado Oscuro de la Luna, y ojalá con un buen equipo de música como el tuyo.

-Yo creo que el primer caño que alguien se fume en su vida tiene que ser escuchando la naturaleza, la verdadera música en donde esos músicos se inspiran.

-A veces siento que eres un hippie de mierda.

-Y como andamos por casa- le decía con el humo en los pulmones y le pasaba el caño.

Se hizo de noche mientras escuchábamos un poco de música del playlist que habíamos creado ambos para volarnos y hablábamos sobre la existencia, sobre la filosofía, sobre la miseria de la vida y de que finalmente se trataba del amor. Carlos Fellas se levantó de sopetón y sus ojos rojos y achinados me miraron fijamente y yo miré sus ojos.

-¿Vamos por acción?

-Vamos.

Salimos con la luna menguante como guía en su Samurái a recorrer las calles de Tropiconce. Íbamos por Victor Lamas, bordeando lentamente el Cerro Caracol y el Parque Ecuador. Jóvenes jugaban basketaball mientras otros jugaban un baby en la multicancha y la pelota de futbol rodaba, otros en cambio, trotaban por el parque mientras las bicicletas de la ciclovía pasaban y pasaban. Y el Samurái se paseaba lento en la calle mientras conversábamos:

-¿Te has dado cuenta que leemos en su gran mayoría a escritores muertos?.

-Tu eres el que lee, yo hace tiempo que no leo nada.

-Somos como vampiros chupando la sangre de cuerpos que ya no la tienen, un poco necrófilos- siempre lo incluía como si ambos hiciéramos las mismas cosas.

-Es verdad, somos vampiros, pero yo te chupo la sangre a ti- y nos reímos.

Llegamos al final de Víctor Lamas y desembocamos en la Universidad de Concepción que nos daba la bienvenida con un campanil azul. Doblamos en dirección a la Plaza Perú y la alumbrada Pinacoteca nos miraba con ojos celosos, como si la “Presencia de América Latina” nos mirara con todos esos ojos y sintiera celos de nosotros por ser la vanguardia literaria, o eso al menos era lo que nosotros queríamos creer.

Bajamos por la Diagonal y había un montón de pubs abiertos y los punkis estaban en medio de la calle pidiendo plata para tomar. Pobres punkis pensaba, siempre queriendo evadirse y nosotros en cambio, siempre queriendo encontrarnos una y mil veces. La acción estaba por llegar porque Carlos Fellas dobló en Cochrane.

En las noches esa calle se transformaba y cuando digo transformaba hablo de transformistas, hablo de travestis, hablo de putas, hablo de mariposas. El Samurái bajaba la velocidad y Carlos Fellas miraba como tazando a cada uno de los transformistas y putas que se paraban en esa calle. Se decidió como a la altura de Colocolo y un travesti se acercó por mi ventana a ofrecer sus servicios.

-Quiero que me la chupes- dijo Carlos Fellas.

-Eso tiene un costo mi muchacho.

-Ya hablaremos de eso pronto, primero lo primero.

Y al parecer el travesti estaba de buenas y se acercó a la puerta de Carlos Fellas, la abrió y sus tetas falsas se asomaron a medida que se comenzaba a agachar y a desabrochar el pantalón de mi amigo.

-Vaya, esto jamás lo había visto- dijo el travesti y con la puerta abierta comenzó a hacer lo suyo.

Yo que estaba de copiloto no quise mirar, no quería enterarme de que era lo que tenía Carlos Fellas entre las piernas, no me interesaba saber, no lo encontraba relevante. Carlitos duro menos que un candy, un minuto sería mucho, pero para mí fue eterno. Con mi mano sujetada en la manija del techo miraba el horizonte de la calle Cochrane mientras Carlos Fellas se subía el marrueco.

El travesti que aún estaba medio acuclillado dijo un valor que no recuerdo y Carlitos dijo que no tenía dinero, pero que podía pagarle así. Y sacó un lápiz del auto y escribió en las tetas falsas del travesti

“ESTA ES LA PAGA”

Y los ojos del travesti se tornaron furibundos y se levantó digna de lo que había hecho y Fellas echó a andar el auto. No había alcanzado a andar una cuadra cuando un disparo sonó, proveniente especulativamente del travesti que estuvo con nosotros y la luneta explotó dándole con una bala a Carlos en su hombro derecho.

-No puedo seguir manejando- me decía Carlitos después de unas cuadras andando- maneja tu por favor y vamos al hospital.

Y nos cambiamos como pudimos y yo que había aprendido a manejar hace unos años pero que hace tiempo no lo hacía intenté llevarlo lo más rápido que pude al hospital, doblando contra el tránsito hacia Víctor Lamas y rojo que aparecía, rojo que me pasaba, pasábamos de nuevo por la Plaza Perú, de nuevo pasábamos por los ojos del mural de la Pinacoteca que ahora se reían de nosotros y finalmente llegamos al hospital tal vez en menos tiempo de lo que duro Carlos con ese travesti.

En la sala de emergencias del hospital sentado en el suelo esperaba a Carlitos, estaba angustiado, pero seguro que no moriría y que los doctores harían lo posible por mantenerlo con vida y evitar la hemorragia. La señora de la limpieza pasaba el trapo por las huellas con sangre que Carlos había dejado a su camino.

-La pareja de Carlos Fellas- gritó el guardia.

Me acerqué al guardia y me hizo pasar a lo box de atención. Ahí estaba Carlitos, le habían sacado la bala que se le incrustó cerca de la clavícula y le tenían que hacer una radiografía para descartar una fractura.

-Jamás mataran a esta diosa- me dijo alegremente y nos reímos largamente mientras él penetraba su mirada en la mía y yo hacía lo mismo con sus ojos.

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