Los anales de la república

En medio de la clase y siguiendo la línea conductiva dice:

-Mañana traiga el libro “Los Anales de la República” de Luis Valencia-

La parsimonia de la prosa del profesor Carrasco corrompía hasta los mejores buques de guerra, de un tono melancólico que en cualquier momento te perdía y podrías salir dentro de quizás que cosa. El toque onírico de la clase cuando se presta a la rogativa era una interminable lucha por mantener la postura y los ojos abiertos, cuando comenzaba a ganar el sueño se podía distinguir fácilmente dos profesores, con el mismo traje y la misma corbata, entre medio de la confusión las ventanas aparecían por todos los lados de la sala y las puertas se escapaban al igual que las palabras que decía el profesor; todo se volvía negro y me prestaba a divagar en los sueños, cuando de repente volvía de un espacio alucinatorio, y en ese momento, cuando me ordenaba dentro de mi propio asiento es cuando se dirige a mí. Asentí.

Antes de legar a la biblioteca me encuentro con un compañero que lo había pedido hace un rato, me dijo de que se trataba, como contándome la película en la fila del cine. Entré a la biblioteca y se lo fui pedir al encargado. Era un libro de tapa dura, de cuero, sin letras y todo desparramado. Pensé en un momento no recibirlo porque pareciera que las hojas tenían una necesidad muy grande de salir de ahí y si se me perdía alguna después que represalia iba a tener yo. El bibliotecario me mira con una sonrisa en su rostro y me entrega el libro.

Salir de aquella clase y caminar a tomar el bus fue lo mejor de la tarde. Odio cuando por más que quiera tomar atención en clases los ojos comienzan a cerrarse y tus deseos de seguir en aquella sala son tan frágiles que de un de repente ya estas soñando con los ojos abiertos. Al salir de la escuela el frio quemaba las pestañas, pero no hay nada mejor que ponerse los audífonos, nada.

Una vez arriba del bus, sentado al final al lado de la ventana comencé a pensar en lo preciso que debía ser mañana para ir a la clase del profesor. Su clase comenzaba mañana a primera hora, y digamos que soy malísimo llegando a la hora, quizás un exceso de optimismo de pensar que en cinco minutos estaré duchado, desayunado y vestido. Al menos mañana no soy el único que debe levantarse de madrugada, por lo que mi alarma será un gran grito desde la pieza de al lado.

Llegué a mi casa ya entrada la noche y me había propuesto leer un poco el libro para que mañana si es que me preguntaba el profesor de que se trataba el libro supiera algo y de la única fuente confiable que se posee en estos tiempos de chismería.

En ninguna parte del libro salía el título, pero al abrir el libro me di cuenta que era el correcto. Salía el índice una serie de proyectos, reglamentos, constituciones de siglos anteriores, materia que en ese instante el profesor comenzaba a estudiar. Cojo la hoja entera con sumo cuidado y me encuentro con el texto de la tarjeta de invitación al Cabildo Abierto de Santiago con fecha para el 18 de septiembre de 1810, en la página siguiente se comenzaba a salir las hojas y todas carcomidas por el tiempo hacían que tocarlas fuera una de las proezas de la noche, tal vez el cuidado que le di fue el que me hizo llevar tremenda sorpresa. La página en cuestión no tenía número y poseía la siguiente estructura:

“Invitación para la Tertulia de la Concepción”

Para el día 10 del corriente, a las 11 de la noche, espera a Ud. El muy ilustre Maestro con el ilustre ayuntamiento de la Concepción en las Mazmorras de la Universidad a consultar y decidir los medios más oportunos a la defensa del Magnánimo y su púbica trascendencia”

El frio invernal de la noche pasaba por mi débil ventana, un leve soplido de vez en cuando hacía que el espacio de mi pieza se tornara tormentoso y lúgubre. Para cuando ya había leído la misiva estaba entremedio de mis sábanas y con la estufa prendida. El calendario y el reloj me decían que era el tiempo oportuno para ir al patio, agarrar mi bicicleta y salir. Una sed irracional invadía mi cuerpo, pero no era suficiente; tal vez era una mera coincidencia, quizás como aquel libro estaba tan desparramado no me generaba tanta inquietud el pensar que tal vez esa hoja era de otro libro igual de desordenado que este y que alguien se habría confundido y puso la hoja de otro libro en este, el que tengo ahora en mis manos, tal vez.

La televisión, más bien, sus programas en horario estelar son una basura. No niego que de vez en cuando dan buenas películas, pero parece que cuando uno más quiere ver televisión es cuando menos películas buenas se encuentran. Haciendo zapping con el control habían películas de vaqueros de quizás que año con una línea argumentativa pésima que hacía que las actuaciones fueran patéticas y a esto sumándole el doblaje españolísimo que nada tiene que ver con nuestro español. A medida que aumentan los números se pueden ver partidos de futbol de la semana pasada, un culo moverse sin cesar, el vestido del mes, anuncios de la nueva aplanadora de abdomen, de cómo se cocina tal cosa; quizás hay gente que le interesa tales cosas, al menos a mí no. Para cuando ya había dado unas dos o tres vueltas cambiando de canal una y otra vez, la ventana se abre de par en par, dejando entrar el gélido viento a mi pieza. Presto me levanto a cerrarla cuando por atrás y sin previo aviso me ponen una capucha y de un golpe al suelo caigo desparramado como el libro.

Para cuando mi consciencia comenzaba a dilucidar me encontraba en un saco negro sin ninguna visibilidad, o al menos muy poca porque a medida que me tambaleaba logre divisa un gran edificio azul en lo alto.

Era el campanil azul, respondiendo algunas cuestiones que hace unos días, de madrugada, le planteaba a mis compañeros; pero su respuesta era silencio o más bien extrañeza. A quién le importa que al edificio emblema de la universidad se tiña de azul. La importancia de aquel acontecimiento me nublaba la cabeza y solo quería pensar que era un mal sueño. No podía mover ni mis piernas ni mis manos, todas se encontraban atrapadas por una soga.

Me dejaron en el piso, al menos sentí que subieron y bajaron algunas escaleras. Para cuando estaba tirado en el piso me libro un señor con una máscara. Me dijo que no tuviera miedo que no es primera vez que lo hacen y siempre tenía buenos resultados.

¿Buenos resultados? Recapitulemos. Estaba yo muy cómodo en mi casa, en mi cama para ser exacto, muy acogedora era mi cama, para que algún estúpido, maniático y perverso se le ocurra interrumpir mi tranquilidad invadiendo mi morada y raptándome.

Una vez de pie y sin ataduras lo primero que intente fue pegarle un buen combo en el hocico a ese canalla. Pero hubo algo que me impresiono y mis ganas se disiparon de inmediato.

Un gran salón ajedrezado con un gran cartel que decía “OSCULUM” y una innumerable cantidad de seres cubiertos de sábanas. El aspecto del salón era de lo más gótico. Lleno de candelabros y antorchas, grandes cúpulas llenas de pinturas renacentistas.

-Bésalo y sabrás la verdad- una voz trémula se escuchaba en mis oídos.

Hubiese parecido que era el último en la fila y mi pareja estaba sentada esperándome. Era una muchacha que un par de veces había visto en la universidad pero sin prestarle mucha importancia. Alguien nos tapó y la sábana blanca en nuestras cabezas había cambiado a negro, nada se podía ver fuera de aquel metro cuadrado que compartía con la fémina.

El mismo cosmos se presentaba a mis ojos y yo me presentaba a él, al menos así lo sentí para cuando me prestaba a besar a la mujer que se encontraba desnuda frente a mí. Observar mi alrededor, mi desnudez  la suya era como si fuéramos los albores del universo, la experiencia de flotar en medio de la nada o de todo era lo que quizás me llevó a ese lugar, místico e inmarcesible. En medio de tal experiencia fue cuando escuché una voz:

-Mañana traiga el libro “Los Anales de la República” de Luis Valencia-

Asentí.

 

 

 

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