Ultima estación

Me levanté temprano. La noche anterior, luego de un día sobrio y sin sobresaltos, bebí una leche rememorando las veces en las cuales había tomado esta bebida por las noches. Se supone que la leche por las noches propicia el sueño, pero la emoción por el día de hoy hizo que no durmiera bastante. El barco zarpaba a las 7 de la madrugada, así que me acicalé y con mis cosas ya arregladas del día anterior me fui rumbo al puerto. Vivía a una distancia considerable del puerto, y las micros a esas horas de la mañana son escasas, por lo que el tren era la mejor alternativa

-Estación Central de Concepción- se escuchaba en los altoparlantes. Pagué mi boleto y con el pasaje del barco en mis manos me senté y comencé a soñar despierto de lo que podría pasar en el país de las oportunidades.

 

Era sábado y un amigo y yo paseábamos por la costanera del rio Biobío. El rio había perdido su poder y magnanimidad. Las historias dicen que los españoles no pudieron con él en su tarea de colonización, pero ahora probablemente hasta un niño puede cruzarlo. Hace unos años mi padre, en un intento desesperado por terminar con su vida se lanzó desde el puente que cruza el rio al vacío. El saldo fue un padre roto y más vivo y borracho que nunca. EL rio en cuestión no era más que arena y agua poco profunda. A lo lejos se podía ver unos grandes islotes de arena con las gaviotas posadas en ellas en busca de alimento, o simplemente ahí, descansando, pasando la vida.

Caminando por la ribera pasaba la garrafa de vino y mi amigo que, agotado por la brisa postuló:

-Vamos a Talcahuano, tengo un amigo que tiene una cantina y de seguro que está más calentito que acá-

 

Faltaban un par de kilómetros para llegar a la última estación del tren, a la cual me dirigía. Ya sentía el olor a mar en el tren cuando sin previo aviso el tren comenzó a bajar la velocidad lentamente luego de un brusco movimiento. Una vez detenido por completo el tren se escucha por los altoparlantes:

-Esperando la comprensión de ustedes los pasajeros se nos es imposible seguir debido al atropello de un cuerpo por el tren; la última estación está a un kilómetro de distancia, esperando su comprensión, gracias-

 

Ya sentados en la cantina el vino comenzó a correr, uno tras otro y así horas y horas pasaron y en aquel antro no tenían reloj, yo no tenía reloj, mi amigo no tenía reloj y todos los borrachos de la cantina habían pasado a mejor sueño, y tampoco tenían reloj.

Salí de la cantina un poco borracho aún y recién ahí me percaté de que aún era de noche. Le pregunté a una señora que pasaba por el lugar que qué hora era y ella solo dijo que temprano

-¿Y qué día es?-

-Pues lunes, ¡cómo no lo sabe! Dios lo perdone

-¡Y que ojalá lo haga señora!

Volví a la cantina en busca de mi amigo para ir a comernos algún mariscal o algo por el estilo, que nos reponga de esta caña que dios nos ha mandado como un yugo y así por fin poder llegar a casa de una vez por todas. Mi amigo que se encontraba extrañamente algo repuesto me dijo que tenía que finiquitar un asunto y que de ahí me seguía, un asunto bastante raro al parecer: mi amigo se encontraba nervioso, sus manos temblaban y su piel se tornaba blanca como la leche a medida que hablaba con él. Así que un poco ensimismado y preocupado salí de la cantina hacia el puerto en busca de un mariscal bien caliente, crucé por la línea del tren que se encontraba justo por delante de la cantina y con las manos en los bolsillos partí.

 

No lo podía creer, el barco zarpaba a las 7 en punto y eran las 6:45 de la mañana y si el kilómetro desde donde me encontraba hasta la estación ya era mucho; de la estación al puerto había al menos otro kilometro más. Mis sueños comenzaron a ponerse pálidos.

Me bajé del tren raudamente y con una mano en la maleta y la otra en el sombrero emprendí la corrida de mi vida. Tuve que sortear las grandes piedras que hay al lado de los durmientes, a causa de lo incómodo que era la situación termine por correr por las líneas del tren como un equilibrista de circo. Llegando a la última estación arreglé mi ropa y recuperé el aliento que necesitaba, el cadáver que estaba desparramado en la línea del tren pasó a segundo plano, así que por el ancho camino que se abría ante mí corrí

Mientras corría y esquivaba a la gente que comenzó de pronto a aparecer, en mi mente los sueños, mis anhelos y esperanzas se esfumaban, cada paso era un convencimiento de lo inútil que era seguir con esta farsa. Sentía que cada paso era un martirio, a tal extremo que sentía que el resto de mi vida no iba a ser más que sufrimiento y agonía. Aunque sabía que en un mes más el mismo barco en el mismo lugar y a la misma hora iba a estar ahí, no era suficiente… No sé si pueda aguantar un mes más de vida en este infierno

Llegando al muelle vi el barco alejarse por el horizonte. En un intento desesperado por alcanzar el barco me lancé al mar y nade tras él, todo en vano. Ahora flotaba en el mar, sin mi sombrero y con la maleta empujándome hacia el fondo. Si tan solo tuviera el valor de dejarme llevar por ella…

 

Sentado esperando a mi amigo y el mariscal caliente vi a un joven bien vestido sentado al sol y llorando a mares, por la ventana del local podía ver como llegaba a elevar su cuerpo con los sollozos.

Una vez que ya comenzaba comer de mi plato me resultaba complicado continuar, al frente de mis narices el joven no paraba de llorar y ahí todo mojado daba un aspecto de verdadera desgracia. Tomé el plato y se lo llevé

-Lo necesitas más que yo- le dije amablemente

-Si tan solo ese borracho no se hubiese cruzado todo sería tan distinto y feliz- decía el joven en medio del llanto

-No entiendo a qué te refieres, toma come un poco

-Lo que pasa es que el tren atropello a un tipo y no pude llegar a la hora al barco y entonces y entonces…-

Y se largó a llorar a mares, yo que tenía una caña de los mil demonios estaba tratando de apaciguar las aguas de este joven que pareciese que con cada sollozo una parte de su alma se iba para siempre. Decidí dejarlo solo, a lo lejos se veía como comía y sollozaba. De mi amigo no supe más. De camino a casa y pasando justo al frente de la cantina de las noche anterior y la anterior a esta, había un gran contingente de ambulancias y policías en la línea del tren. El escenario que se presentaba era sorprendente, sangre y más sangre, un cuerpo desparramado por la violencia del tren, pregunté a los mirones que había sucedido:

-Un borracho que, según dicen, confundió las líneas del tren con su cama, pero para mí que es puro cuento-

Empalidecí

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